Si de pequeña me hubieran preguntado qué era lo que más miedo me daba, hubiera respondido que el monstruo de las galletas viniera a por mí.
No hubiera pensado en la crisis, ni en las hipotecas, ni en el paro. Ni muchísimo menos, hubiera pensado en la Esclerosis Múltiple.
Y es que la vida no está programada para nadie. Ni está advertida. Ni nos da pistas de por donde tirar o no tirar.
Parece que nos deja únicamente vivir al descubierto, sin escudo y sin barreras y, sobre todo, sin opción a escoger nuestros miedos.
Parece que nos deja únicamente aceptar el veredicto. Aceptar un diagnóstico.
Y llorar, gritar y quejarnos. Negar y reivindicarnos hasta el último de los suspiros.
Puede que jamás hubiera imaginado un presente como este, puede que en el colegio nadie me enseñara cuestiones de esperanza, a combatir el miedo más profundo o a vivir sonriendo con una enfermedad como la Esclerosis Múltiple.
Pero tampoco hubiera imaginado nunca descubrir en mí una pequeña heroína, una pequeña y gran luchadora de circunstancias que, contra todo pronóstico, sigue y seguirá dando guerra.
Dándole guerra a la Esclerosis Múltiple.
Hasta dejarle sin voz, sin fuerza y sin derechos sobre cómo y cuándo aparecer en mi vida.
Da la cara por la Esclerosis Múltiple.
Porque sí. Seguiremos. Porque como dice Macaco, hoy sabemos que lo importante, es soñar.